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martes, 17 de mayo de 2011

Cadena de Favores

Hoy quiero pediros un pequeño favor. Muchos sabréis que soy la autora, editora y distribuidora de mi primera novela, El Ángel de la Destrucción. Desde aquí, lo único que os pido, es que hagáis circular esta entrada por toda la red, para que la gente conozca un poco esta novela y ver si se deciden a comprarla. 
Gracias por vuestra ayuda.
Un beso, un abrazo y un mordisco.


REENCUENTRO
Estaba sentada en el alféizar de mi dormitorio, observando, a través de los cristales de la ventana, cómo el cielo lloraba al compás de mi desgarrada alma y mi maltrecho corazón. Mis dedos seguían los acuosos surcos hechos por las gotas del exterior, cómo si siguieran una tortuosa carretera que conducía a mi destrucción. A aquellas gotas celestiales se les unieron mis saladas lágrimas de dolor, resbalando, frías y calladas, por mis pálidas mejillas. Aquel día era más oscuro que los anteriores, más frío, más inerte, más gélido y mortecino. Aquel día era mi trigésimo aniversario. Un leve suspiro, más parecido al último aliento de un moribundo que al gemido de una mujer de treinta años, se escapó de mis pulmones, y el hueco en el pecho, allá dónde se suponía que debía estar mi corazón, se hizo un poco más grande y el dolor se expandió, como una gigantesca ola, sacudiéndome. Me encogí levemente, acercando las rodillas a mi pecho, tratando, inútilmente, de no romperme un poco más. Recosté mi mejilla sobre las rodillas, y sollocé, mientas mis dedos seguían recorriendo el álgido cristal. Fuera, un rayo cruzó el oscuro cielo iluminando momentáneamente la triste, oscura y tormentosa tarde. Durante una milésima de segundo vi mi rostro reflejado en la ventana. A la luz de aquel relámpago, mi faz parecía la de un fantasma, decrépito y marchito, níveo, casi transparente. Mis ambarinos ojos no brillaban como antaño lo hicieron, y mis largas pestañas caían sobre ellos, envolviéndolos aún más entre las sombras de una vida consumida por el dolor. El único color que mi rostro reflejaba era el de las profundas ojeras que cada día crecían más bajo mis desdichados ojos. Aquel morado tétrico era el único rasgo de vida que quedaba en mi semblante. Mi mano dejó de tocar el cristal para, involuntariamente, aferrarse a lo único que me quedaba de él; a la única prueba tangible de su existencia. Mis finos dedos, gélidos como la muerte, acariciaron el precioso  medallón que él me regaló, catorce años atrás. Era de plata, brillante como su hermosa sonrisa, labrado finamente, como su divino rostro angelical, y tenía un bello lapislázuli engastado en el centro; del mismo color que sus oceánicos ojos. Cerré los ojos durante unos segundos y rompí la promesa que me había hecho a mí misma. Catorce años atrás me había prohibido recordarle para tratar de mitigar el dolor, fracasando estrepitosamente incluso antes de realizar tal estúpida prohibición. Tras mis castigados párpados su adónico rostro vino a mí. Pude ver sus dorados cabellos, ondeando al sol como hermosos campos de trigo. Observé su nívea piel, como un hermoso glacial, sus carnosos labios que jamás probé, su perfecta nariz enmarcada justo en el centro de su sutil rostro y sus maravillosos ojos, azulinos como un océano en calma pero castigados por el dolor y el tormento. 

A lo lejos, oí el sonido de un teléfono móvil. Llegaba a mí apagado, hueco y vacío, como lo hacían la mitad de los ecos de este mundo. Abrí los ojos dejando que su adónico rostro desapareciera, evaporándose como una cortina de humo y alargué la mano. Descolgué, sin tan siquiera mirar quién llamaba.
-Kara…oye soy yo.- Cogí aire, llenando al máximo mis pulmones, tratando de recobrar la compostura antes de hablar.
-Dime Victoria.- Me sequé las dolorosas lágrimas con la manga del pijama.
-Mira, sé que esto no te hace gracia, pero tu madre está histérica porque no llegas. Y tu prima está aquí y no la soporto más.- Arrugué ligeramente la frente. ¿Se suponía que debía estar en algún sitio con mi familia y mi amiga? No lo recordaba.- Imagino que ni te acuerdas, ¿verdad?- Victoria no esperó a que le respondiera.- Estamos en la cafetería de siempre, esperándote para celebrar tu cumpleaños. ¿Vas a venir, o le puedo decir a tu madre que me largo? De verdad que no soporto a la pija de tu prima.
-Dame quince minutos y estoy ahí.- Dije, mientras me ponía en pie y me dirigía al armario saliendo de mi doloroso letargo.
-Kara, de verdad, si no estás de humor…
-Victoria, quince minutos ¿vale? Sólo tengo que ponerme la máscara y voy. Entretén a mi madre. Seguro que se te ocurre alguna excusa.- Y colgué. Victoria me conocía muy bien, y sabía perfectamente a que me refería cuando le hablaba de ponerme la máscara. Escondía mi dolor y sufrimiento tras un antifaz de desdén e indiferencia hacía la vida. Era mi camuflaje, mi atrezo ante los demás: ante mi madre, mi familia y mis compañeros de trabajo. Ante todos, excepto ante Victoria. Ella era mi amiga, la hermana que la vida me había puesto delante, diez años atrás, para tratar de iluminar, débilmente, mi existencia. Ella era la única que me había visto caer, la única que sabía que yo no me levantaría por mí misma. Y también sólo ella sabía que no podía hacer nada por mí. Porque el único que me podía salvar era aquel que había jurado no regresar jamás.
Me puse unos vaqueros negros y una camisa del mismo color. De hecho, desde que él se había ido el único color de mis prendas de vestir era el negro. Llevaba un perpetuo luto por alguien que nunca moriría. Me calcé las botas y cogí mi gabardina de piel, último vestigio de una vida enterrada catorce años atrás. Me colgué el bolso en bandolera y salí, sin tan siquiera observar mi tétrica imagen en el precioso espejo de ebanistería que tenía en mi dormitorio.
El cielo seguía descargando con fuerza y pequeñas cataratas de agua caían desde los balcones y tejados hacia el suelo. Enormes charcos inundaban las calles y pequeños ríos corrían, caudalosos, por las calzadas. La cafetería estaba cerca del piso que compartía con Victoria, así que no me molesté en coger el coche y mucho menos el paraguas. Dejé que aquellas frías gotas cayeran sobre mi rostro haciendo que mi piel tomara la misma temperatura que mi gélida alma. A través del enorme ventanal de la cafetería, vi al pequeño grupo de gente que me esperaba. Estaban mi madre y mi prima, Victoria, dos compañeros del trabajo y el mejor amigo de mi madre, un psicólogo al que mamá me había llevado catorce años atrás para superar el dolor que me había provocado la marcha de mi padre. Aquel pobre hombre no consiguió ni una sola mejoría en mí, porque aunque tal insoportable dolor existía no era provocado por la ausencia de mi padre sino por la de él. Y de él no podía hablar. Porque si tratar de no recordarle sin olvidarle era doloroso, hablar de él era execrable. Nunca en catorce años pronuncié su nombre. Jamás nadie supo lo que realmente me ocurría. Simplemente todos creyeron que me dolía la pérdida de mi padre, cuando yo misma era quien le había echado de mi vida y de la de mi madre.
Abrí la puerta después de aspirar una fuerte bocanada de aire y para acabar de encajar mi disfraz alcé, suavemente, la comisura de mis labios perfilando una débil, fría y vacía sonrisa en mi decrépito rostro. Mi madre se giró en redondo y me sonrió con ganas, tratando de insuflarme su  entusiasmo. Lentamente, arrastrando los pies, como si llevara dos bolas de reo encadenadas a mis tobillos, me acerqué. Se habían sentado en la alargada mesa del fondo ocupando cada uno una silla, dejando la que daba la espalda a la puerta libre para mí. Observé que mi prima Trizia se había sentado al lado de Victoria. Ahora entendía el desesperante tono de voz que había notado en nuestra escueta conversación. Mis tíos habían muerto cuando Trizia tenía cinco años y mi madre se convirtió en su tutora legal, ya que ella y mi tío eran hermanos. Mi prima tenía un año más que yo y era lo opuesto a mí. No era agraciada físicamente, aunque tampoco es que fuera fea. Sencillamente era una chica normal. Pero siempre tuvo celos de mí. Yo era más alta, más esbelta, más hermosa. Mi piel era más blanca, mis rojizos cabellos brillaban al sol como si estuvieran cubiertos por nimios rubíes. Mis ambarinos ojos siempre resplandecían, brillando cual sol veraniego. Era más inteligente, más rápida, más fuerte, sacaba mejores notas. Todo lo hacía mejor que Trizia. O al menos así fue hasta hacía catorce años. Porque desde mi dieciseisavo cumpleaños simplemente me había limitado a extinguirme, paulatinamente.
Mamá se acercó a mí y me dio un suave abrazo. La envolví dulcemente entre mis brazos y suspiré. Forcé un poco más la vacía sonrisa de mi decadente rostro.
-Creí que no ibas a venir, hija.- Me dijo, con una pequeña punzada de resentimiento en su voz.
-He ido a dar un paseo, mamá. Ya sabes cuánto me gusta pasear bajo la lluvia.- Otro relámpago cruzó el cielo, seguido de un trueno. Mi corazón se rompió un poco más.
-Hola Kara.- Dijo Victoria, que se encontraba detrás de mi madre. Me quité la gabardina y el bolso y los dejé sobre el respaldo de la silla que se suponía que debía ocupar.- ¿Me acompañas al baño? -Me dijo, dibujando en sus ojos esa expresión de complicidad que yo tan bien conocía.
-Ahora vuelvo, mamá. Voy a lavarme las manos.- Dije, mientras Victoria tiraba con fuerza de mi brazo.
El baño de señoras estaba en el fondo de la cafetería, cerca de la mesa en la que estábamos. Victoria me llevó hasta allí, medio a rastras medio a empujones, y cerró la puerta tras nosotras.
-Si tantas ganas tienes de deshacerte de mi prima, no es necesario que te quedes. Sé que es un poco insoportable.
-Tu queridísima –deformó la palabra de manera que pareciera soez -prima no tiene nada que ver en esto.- Me cogió por los hombros y me puso frente al espejo. Sobre aquella impoluta superficie se reflejó un rostro, un fantasmagórico semblante, mortecino y consumido. Estaba blanca, casi transparente, con unas enormes y moradas ojeras bajo mis ojos. Y mis cabellos empapados, pegados sobre mi cara, no ayudaban a mejorar mi aspecto. Pero lo más aterrador era la mirada, hueca y vacía, carente de vida alguna. Era mucho peor que el reflejo del cristal de mi ventana.- ¡Estás espantosa! -No le respondí. Era más que evidente que simplemente era la constatación de un hecho.- ¡Sécate el pelo ahí!- Me dijo, señalando el secador de manos. Metí la cabeza debajo de aquel aparato y dejé que el aire caliente me secara los cabellos. Victoria sacó de su bolso un corrector de ojeras, un poco de maquillaje suave y un brillo labial.- Ven, a ver qué puedo hacer con esto.- Dijo, al tiempo que volvía a tirar de mi brazo y me sentaba en una taza de váter. Extendió rápidamente el corrector por debajo de mis ojos. Victoria sabía que a mí no me gustaba el maquillaje, pero aquella tarde no iba a protestar.
-Gracias.- Musité.
-¿Por qué?- Dijo mientras guardaba el corrector y comenzaba a extender un poco de maquillaje por mi pálido rostro. Ella era así de directa, clara y concisa.
-Por entenderme.- La oí suspirar. Era su manera de protestar.- ¿Qué?
-Que no te entiendo, Kara. Te conozco desde hace diez años, eres mi mejor amiga, una hermana para mí, pero no entiendo qué te pasa. Hasta hace dos días, te limitabas a vivir, o a sobrevivir, día a día, pero te molestabas en hacer algo. Pero desde el viernes por la tarde, desde que fuimos a aquella playa, es como si te hubieran entrado unas ganas locas de morir. Permaneces inmóvil,  inerte, esperando que la muerte te lleve. No has probado bocado en dos días, juraría que no has dormido nada, no has salido de tu dormitorio, y te has pasado horas y horas llorando desconsoladamente. No entiendo qué te pasa, pero no me gusta verte así.
-No puedes hacer nada,
Victoria. No malgastes tu tiempo en mí.- Me estaba poniendo un poco de rímel.
-Sé que no puedo hacer nada. Principalmente por qué tú no me dices qué te ocurre. Pero aún así, no te pienso dejar caer.
-Ya caí Victoria. Y no me levantaré.
-¿Por qué, Kara? ¿Por qué te haces esto? Eres guapa, increíblemente hermosa, inteligente, tienes un tipazo y toda una vida por delante. ¿Por qué te empeñas en dejarte consumir por esa pena?
-Porque realmente no tengo vida. Me la arrebataron hace catorce años.- Me estaba acabando de poner el brillo labial.
-Cuéntamelo Kara. Tal vez te ayude.- Ella siempre tratando de levantarme.
-No, será peor.- Musité.
-¿Peor de lo que es guardártelo para ti?
-Sí, mucho peor.- Abrí los ojos y la miré, con aquella extinta mirada mía.- Recordar es insufrible.
-¿Y no olvidar?- Preguntó ella.
-Nefasto. ¿Has terminado?- No me apetecía seguir con aquella conversación.
-Sí. Por lo menos ahora no pareces un espectro.- Y guardó todos aquellos potingues en el bolso. Estudié mi rostro antes de salir. Victoria había hecho un buen trabajo. Mis ojeras no se notaban tanto y el leve color que había puesto en mis pálidas mejillas me daba un poco de luz. El brillo labial contribuía a alegrar un poco mi imagen. Pero con la mirada no pudo hacer nada. Mis ojos seguían vacíos, carentes de vida.- Vamos, antes de que entre tu madre o tu prima.- Y volvió a sacarme a empujones.
Lo cierto era que aquella cafetería era un lugar agradable para todos, excepto para mí, obviamente. La decoración era de esas modernistas, donde predominaban tres colores. El negro, como la oscuridad que me envolvía; el blanco, como la luz que se había extinguido dentro de mí y, el rojo, como sus infernales ojos. Sobre las paredes colgaban pequeñas fotografías de lugares del mundo. El Empire State Building de Nueva York, la Torre Eiffel de París, el Coliseo de Roma, El Big Ben de Londres, la Puerta de Brandeburgo de Berlín. Un pequeño viaje alrededor de un mundo que había dejado de girar para mí. Me senté en el lugar que me correspondía, de espaldas a la puerta. Sobre la mesa había canapés salados y refrescos. Me limité a tomar una limonada. No tenía hambre. Vi que Victoria entablaba conversación con Charles, un compañero de trabajo que era muy agradable. Era el asesor financiero de la empresa donde trabajábamos Victoria y yo. Yo era la amargada contable, que vivía en un mundo rodeado de aburridos números, y ella era la directora de marketing, jovial y risueña. Las caras opuestas de una moneda. Me alegré por ella. Por lo menos no se moriría de aburrimiento a mi lado, ni tendría que soportar a la pija de mi prima. Trizia hablaba sobre moda con el amigo de Charles y compañero de trabajo nuestro, Patrick. Sí, Charles era un encanto. Patrick era un imbécil redomado, y el tipo prefecto para Trizia. Creído, engreído, chulo y presuntuoso; lo que se denomina una auténtica joya.
-¿Me oyes, Kara?- Al parecer mamá había estado hablándome.
-Disculpa mamá. No te oía. ¿Decías?- Le dije mientras le daba un sorbo a la limonada.
-¿Qué por qué no comes nada?- La preocupación por mí era más que patente en su bonito rostro.
-No tengo hambre.- Respondí, contando la verdad, para variar.
-Kara, por favor…
-Mamá, de verdad, no tengo hambre.- Y le di otro trago al refresco.
-Sabes, cada año es lo mismo. Te pasas trescientos sesentaicuatro días al año moviéndote como un títere, empujada por unos y por otros. Pero cuando llega el día de tu cumpleaños, sencillamente es como si la muerte se apoderara de ti.- ¡Qué más quisiera yo!- Tienes que superarlo Kara. Tu padre decidió hacer su vida lejos de nosotras. Ya sé que estabas muy unida a él, pero…
-Mamá, déjalo. Esto no tiene nada que ver con él.- Jugueteé con el tapón de mi refresco entre mis dedos.
-¿Y, entonces Kara, con qué tiene que ver? Porque ni tan siquiera Phil te pudo ayudar.- El tono de su voz denotaba la inmensa preocupación que sentía por mí.
-Eso ya te lo dije yo hace catorce años, pero no quisiste escucharme.- Mi voz, sin embargo, no mostraba nada, como mi extinta mirada.
-¿Por qué no dejas que te ayudemos?- Comenzaba a reprocharme mi taciturno comportamiento.
-Porque ninguno me podéis ayudar mamá.- La miré a los ojos, desviando mi mirada de aquella pared rojo carmesí, que tanto me recordaba a sus demoníacos ojos.- ¿Te importa si dejamos el tema, por favor?- Vi como Phil tiraba suavemente del brazo de mi madre, señalándole que no me forzara más.
-Como quieras.- Y se lo agradecí, expandiendo un poco más mí vacía sonrisa.
Mamá comenzó a hablar con Phil sobre no sé qué, y yo me hundí un poco más en aquella silla. Mi pequeño grupo de invitados mantenían conversaciones entre ellos, mientras yo me dejaba arrastrar por la oscuridad y el vacío de mi soledad. Incliné levemente la cabeza sobre la mesa, y reprimí una delatora lágrima, que pretendía escapar de mis castigados ojos ambarinos. Inspiré una fuerte bocana de aire y alcé la cabeza. Me encontré con el sonriente rostro de Trizia. Le dedicaba una de sus seductoras sonrisas a Patrick, al tiempo que él se la devolvía complacido. Probablemente acabarían en la cama aquella noche. Victoria seguía hablando con Charles, sobre no sé qué. Por lo menos mi amiga parecía entretenida, ya que la conversación de ellos no estaba versada sobre trabajo. Y mi madre parecía compartir con Phil su preocupación por mí. Así que decidí calmarla un poco, y me comí un canapé. Creo que era de salmón, pero no lo recuerdo.
Y llegó el tedioso momento de la entrega de regalos. El primero fue el de Charles y Patrick. En cuanto lo vi supe que Victoria les había ayudado a elegirlo. Era un pequeño y sobrio maletín de piel muy apropiado para mi trabajo y muy acorde con mi personalidad, o sea, carente de vida. El de Trizia era como cabía esperar, frívolo. Me regaló un vestido de un material llamado modal, similar en tacto a la seda, y en aspecto al algodón. Era uno de esos trapitos que ella vendía en su boutique de moda. Por lo menos era negro, menos mal. Mi madre me regaló un pequeño cuadro, para que lo colgara en una de las desnudas paredes de mi dormitorio. El problema de aquel cuadro era su contenido. Era una hermosa fotografía de un atardecer, en el cual la ardiente bola solar reflejaba su rojizo destello sobre un mar en calma, confiriéndole a las aguas un aspecto de quieto océano en llamas. Y aquello me recordaba a sus ojos, castigados por los fuegos eternos del averno, satánicos y perversos, al tiempo que amorosos y devotos. Me vi obligada a reprimir otra acusadora lágrima. El último fue el de Victoria y, como siempre, no me defraudó. Me conocía mejor que mi madre, y por eso su regalo fue el más acertado. Me regaló aquello que me ayudaba a no olvidar, sin recordar. Un libro. Bueno, más que un libro me regaló el único libro que yo leía, una vez tras otra, incansablemente, desde hacia catorce años. Orgullo y Prejuicio. Un hermoso ejemplar de tapa dura, con letras doradas en la carátula, que me recordó, por unos efímeros instantes, a sus dorados cabellos.
-Gracias Victoria. Es un regalo estupendo.- Le dije sonriendo.
-Pensé que te gustaría. El tuyo está hecho una pena. Cualquier día se le caen las hojas.- Y me devolvió la sonrisa. La abracé suavemente. Ella era la única que aliviaba sutilmente mi insufrible dolor.
Al cabo de unos minutos apagaron las luces, y de la cocina de aquella cafetería, salió un camarero, con una tarta de cumpleaños y treinta velas encendidas. Mi familia y mis amigos entonaron a la vez el cumpleaños feliz. La vacía sonrisa se dibujó en mi rostro, nuevamente.
-Pide un deseo.- Gritó Trizia desde el otro lado de la mesa.
Morir. Pensé, y soplé las velas. Las apagué todas de un solo soplido. Según las supersticiones, si alguien apagaba todas las velas de una vez sus deseos se cumplían, y yo deseaba aquello, morir. Sólo había algo que yo ansiara más, pero aquello no se iba a cumplir jamás. A la extinción de las velas le siguió un sonoro aplauso. Yo seguía con aquella desoladora sonrisa en mi rostro. El camarero cortó la tarta en pedazos, repartiéndola entre nosotros. Ni tan siquiera miré el plato.
Otro rayo cruzó el lóbrego cielo y le siguió un estridente trueno. Una corriente de viento helado entró en la cafetería cuando alguien abrió la puerta e irrumpió en el local. Agradecí aquella ráfaga helada que se parecía tanto a la glacial temperatura de mi desgarrada alma. Pero a mi olfato llegó un peculiar aroma. Un aroma que había desaparecido de mi vida catorce años atrás. Supuse que me estaba volviendo loca y que mis sentidos se desquiciaban al mismo ritmo que lo hacía mi espíritu. Y entonces, todo cambió.
-Hola Kara.- Su voz sonó en mis oídos, llegando a mí clara y serena, como una hermosa sinfonía.
-¡No!- Jadeé. Mi mente no podía estar haciéndome aquello. Mi respiración se cortó y el vacío en mi pecho se hizo más y más grande. Creí estar desvariando.
-Kara, mírame. Soy yo. Estoy aquí.- Su peculiar y característico acento acarició mis sentidos, envolviéndome aun más entre las tinieblas. -Por favor Kara, mírame.- Me di cuenta de que me había puesto en pie, y miré a Victoria. Pero ella no me miraba a mí, sino a quién se suponía que estaba a mis espaldas y me hablaba con ternura. Cerré los ojos y me di la vuelta.- Mírame Kara. Soy yo, estoy aquí.- Seguía sin respirar, ahogándome lentamente en la agonía que era escuchar su voz. Me negué a abrir los ojos, porque si lo hacía y él no estaba, si simplemente era una jugarreta de mi desquiciada y castigada mente, no sobreviviría.- Mírame Kara, no soy un espejismo. Estoy aquí.
Aquello era la confirmación de su presencia. Había leído mi mente, así que lentamente, como si lo que fuera a ver me pudiera hacer más daño del que ya sentía, abrí los ojos. Y ante mí apareció él. En ningún momento mis recuerdos le hicieron justicia alguna a su inmortal y divina belleza. Igual que catorce años atrás, creí desfallecer al contemplarle. Alto, atlético, hermoso, divino, rivalizando en perfección y belleza con cualquier dios. Sus labios, sus carnosos labios se curvaron, dibujando una brillante sonrisa. Su piel seguía siendo nívea, como un sublime paraje helado y sus ojos seguían siendo azules, cuales océanos en calma, reflejando el dolor de su inmortal existencia.
-¡Chris!- Fue todo lo que alcancé a decir, con el poco aire que mis pulmones habían retenido. De pronto, mi corazón comenzó a latir nuevamente, alocadamente, expandiéndose por mi pecho, desterrando el vacío que se había instalado en él. El muro que había construido a mí alrededor se derrumbó, como un endeble castillo de naipes, y la luz de su presencia me eclipsó. La vida volvió a mí de golpe, como un gigantesco tsunami. Fue más de lo que pude soportar y, por primera vez en mi vida, me desmayé.
No sé cuánto tiempo permanecí inconsciente, pero empecé a recobrar mis sentidos, y lo primero que noté fue su sensual, dulce y varonil aroma. Después sentí como una pequeña corriente eléctrica fluía entre nosotros dos. Estaba entre sus hercúleos brazos, y me acunaba dulcemente contra su marmóreo pecho. Me había cogido en brazos antes de que yo cayera al suelo y se había sentado, conmigo sobre su regazo, en una silla.
-Kara, ¿me oyes? Despierta. Abre los ojos.- Y su voz volvió a sonar como una hermosa sinfonía compuesta especialmente para mí. Pero me regodeé entre sus brazos, sin abrir los ojos. Me limité a sentir su frío y su aroma.- Kara, por favor, abre los ojos,… amor mío.- Aquellas dos últimas palabras las musitó a mi oído, dejando que su dulce aliento acariciara mi cuello, mientras su pétreo pecho gruñía. Y obedecí. Lentamente abrí los ojos y pude ver que esta vez, mi mente, no me estaba jugando ninguna mala pasada. Realmente estaba entre sus  titánicos brazos, como siempre había deseado. Vi que llevaba puesto un ajustado suéter negro, que marcaba cada uno de los músculos de su recio pecho, y sobre él una cazadora de piel, del mismo color. Aquello le confería a su nívea piel una mayor hermosura, y hacía que su rostro fuera aun más bello, llegando a extenuarme. Sus oceánicos ojos se posaron sobre los míos, brillando como dos relucientes zafiros pero con una sombra de dolor empañándolos. Eran sus ojos, los únicos capaces de hacerme vibrar con una simple mirada.- ¿Estás mejor?- Lo preguntó por cortesía, por qué él era capaz de escuchar el frenético latido de mi corazón acompañado por mi entrecortada respiración. No pude articular palabra, ya que éstas se habían ahogado entre el placer que resultaba tener su adónico rostro frente a mí. Asentí.- Entonces es mejor que te levantes y me presentes. Me miran inquisitoriamente y ya sabes que eso me pone nervioso.- Y su marmóreo pecho volvió a rugir.
-Creí que no podías con esto.- Conseguí decir. Él sabía a qué me refería.
-Luego te lo explico.- Y noté como sus fuertes dedos acariciaban mis cabellos con sutil delicadeza. El gruñido de su pecho sonó con más fuerza, fantasmagórico y tétrico, pero sólo yo lo oí.
-¿Necesitas espacio?- Le pregunté, cuando me di cuenta de que no respiraba. Chris asintió, y uno de sus sedosos mechones cayó sobre sus ojos. Vi que se habían tornado rojos, como las llamas del averno.- Lo siento.- Musité, al tiempo que me ponía en pie. Y su reacción me pilló por sorpresa.
Me había levantado de su regazo y estaba de espaldas a él cuando me asió por una de mis muñecas y, con dulzura, me obligó a darme la vuelta sobre mis talones. Me observó durante una milésima de segundo, tiempo en el cual sus ojos pasaron del azul más intenso  al rojo más infernal y viceversa. Su fuerte y letal mano izquierda se alzó, mansamente, para acariciar mi rostro. Se detuvo justo bajo mi oreja, y su pulgar acarició mi mandíbula. Acercó sus labios a mí y depositó un leve beso en mi frente, mientras apretaba los ojos y fruncía el ceño con fuerza. Nuestro primer beso. No respiró hasta que no separó sus carnosos labios de mi rostro, y en todo momento oí el espectral gruñido en el fondo de su diamantino pecho.- Nunca me pidas disculpas. Recuerda que no eres culpable de nada.- Me musitó. A continuación, su mano dejó de acariciar mi semblante, cayendo bruscamente sobre su costado.- Preséntame.- Me ordenó.
-Esta es mi madre, Morraine, mi prima Trizia, mi mejor amiga, Victoria, unos compañeros del trabajo, Charles y Patrick y un amigo de la familia, Phil.- Dije señalando a cada uno de los presentes.- Este es Chris.- Y me perdí en sus preciosos ojos lapislázuli.
-Es un placer conocerles.- Respondió caballerosamente con sus refinados modales, adquiridos a lo largo de los siglos. Luego me miró fijamente y vio aquello que Victoria había tratado de ocultar con el ligero maquillaje. Vio mi decrépita faz, más parecida a la de un muerto que a la de un vivo.- ¿Cuánto hace que no comes como es debido?- Me interrogó. Alcé los hombros en señal de desconocimiento.- ¿Y que no duermes lo suficiente?- Esta vez me instó a responder con algo más que con un levantamiento de hombros.
-¿Tan mal aspecto tengo?- Respondí, agachando la cabeza mientras mis mejillas se ruborizaban ligeramente. Su nervuda mano me asió el mentón y delicadamente me obligó a mirarle a los ojos.
-Estás igual de hermosa que siempre.- Y creí desfallecer al ver como en el fondo de sus azulinos ojos un par de llamas infernales centellaban ansiosas por salir. Con la otra mano apartó la silla dónde con anterioridad me había sentado.- Siéntate.- Me volvió a ordenar. Y aquella vez yo no fui la única que obedeció. Todos los demás me imitaron. Chris permaneció de pie y se acercó al centro de la mesa.- ¿Si me disculpan?- Les dijo a Victoria y a Charles. Cogió un plato vacío y puso un par de emparedados en él. Tomó un refresco de limón y volvió a mi lado. Dejó todo aquello delante de mí y alcanzó una silla de la mesa del lado. Se sentó junto a mí.- Come.- Me ordenó, sin quitarse la cazadora.
-No tengo hambre.- Y era más cierto de lo que jamás había sido. Cientos de millones de ajetreadas mariposas revoloteaban en mi estómago. Aparté velozmente el plato.
-Catorce años después y sigues igual de cabezota.- Me replicó, al tiempo que ponía los ojos en blanco. Volvió a poner el plato ante mí y clavó sus hipnotizadores ojos en mí.- Compláceme. Preferiría no obligarte.- Musitó aquellas últimas palabras, tan bajo, que sólo yo le oí.
Obedecí, mientras me limitaba a observar su magnífico rostro. Cogí uno de los emparedados y di un enorme bocado. Lo mastiqué rápidamente y lo engullí, sin quitar los ojos de su adónico rostro.- ¿Satisfecho?- Le pregunté.
-Lo estaré cuando te lo termines. Come.- Volvió a ordenarme, conocedor de que en cualquier momento apartaría el plato de delante de mí y dejaría de masticar. Seguí acatando sus órdenes y le di otro bocado al emparedado. Vi como Chris miraba de reojo a Trizia, que estaba en la otra punta de la mesa. Cerró los ojos fuertemente, mientras sacudía ligeramente la cabeza. Probablemente mi prima había tenido algún lascivo pensamiento sobre Chris y él lo había escuchado. Luego miró a mi madre, y en su rostro vio reflejado el asombro de no saber quién era él. Me terminé los dos emparedados y me bebí el refresco.
-¿Y ahora, estás satisfecho?- Le pregunté, obligándolo a fijar su atención en mí.
-Sí. Me doy por satisfecho.- Y sus azulinos ojos se clavaron en lo más profundo de mi alma. Seguía sin estar segura de no estar soñando, pero si aquello no era una simple fantasía provocada por mi perturbada mente, la iba a aprovechar al máximo. Me fijé en que tenía una de sus manos sobre la mesa, cerca de la mía, y alargué los dedos, tentada a rozar su aterciopelada piel. Una espacie de corriente comenzó a fluir entre nosotros. Mi calor contra su frío. Pero me detuve en el último segundo, en el último milímetro. Sabía cuan doloroso era para él el natural roce de mi piel. Súbitamente Chris miró a Victoria y en su rostro se reflejó la más absoluta de las consternaciones. Aquello sólo podía significar una cosa. Mi amiga había reflejado en su mente mi desgraciado dolor, y él lo había escuchado. Temí, no sin falta de razón, que aquello significara el fin de mi ensueño.
-Creo que es mejor que me vaya.- Dijo mientras se ponía en pie, con uno de sus elegantes movimientos.
-¡No!- Musité, al tiempo que le así de un brazo y me ponía en pie. Mamá nos miró perpleja, y los demás confundidos por su repentina necesidad de salir de allí.
-Kara, es lo mejor. Te veo mañana.- Y se dio la vuelta, dirigiéndose con paso enérgico hacia la puerta. Ni me lo pensé, le seguí y me aferré a su brazo.
-¡NO!- Grité esta vez. Y mi dolor y mi aroma le sacudieron con fuerza. Giró sobre sus talones, y vi como sus ojos, rojos como el fuego del averno, se clavaban en mí. El espectral gruñido de su pecho sonó ferozmente, y aquella vez no sólo fue audible para mí. Liberó su brazo de mi sujeción, y con uno de sus rápidos movimientos, me agarró por una de las muñecas. Tiró suave pero firmemente de mí, y me hizo caer entre sus hercúleos brazos, mientras sus ojos seguían refulgiendo, infernalmente, y su pecho bramaba terroríficamente. Me quedé inmóvil, impávida, a pesar de que yo sabía lo que significaba aquel rugido y aquel diabólico fulgor. Parecía una muñeca de trapo, con mis brazos inertes a mis costados, mi espalda ligeramente arqueada, y mis ojos fijos en los suyos. Otro rayo cruzó la negra noche, confiriéndole a sus cabellos un hermoso matiz plateado. Inesperadamente me tomó entre sus titánicos brazos, y salimos a la tormentosa y lluviosa tarde.






QUIERO PEDIRTE UN FAVOR
Si a tus manos ha llegado esto y te ha gustado, no te lo quedes, pásaselo a alguien a quién creas que le puede gustar.
Si lo has leído y no te ha gustado, déjalo en un buzón, sobre la barra de un bar, en el mostrador de una tienda, reenvíalo por email, lo que sea. Tal vez, la siguiente persona que lo lea, sí que le guste y quiera comprar el libro.
Esto no es más que un pequeño favor que te pido, puesto que soy la autora, la editora y la distribuidora de mi primera novela. Una pequeña cadena de favores. Con cosas así, se ha llegado muy lejos.
Un beso, un abrazo y un mordisco.
Mercedes Perles Ortolá.








PUNTOS DE VENTA
ELS POBLETS:
La botiga del regal (al lado de la Casa de Cultura)
CASTELLÓN:
Librería Argot
SABADELL
Librería Costa
MONTILLA (CÓRDOBA):
Librería Nobel
DENIA:
Ex Libris
La Mar Llibres
Públics
Estanco Casa Sancho
JÁVEA:
Gomets (Puerto de Jávea)

PEDREGUER:
Librería Server
VERGEL:
Librería Cabrera
PEGO:
Papelería – librería Capritx
GANDÍA:
Librería Ambra
GATA:
Librería Maite
BURGOS:
Librería Santiago
Librería Amabar (zona Gamonal)
LLEIDA:
Librería Punt de Llibre


CONTRA REEMBOLSO:
(Envío sólo para Península y Baleares)
P.V.P librerías: 16,95€
P.V.P. contra reembolso: 19,95€ (gastos envío incluidos)



Para fuera de España, el libro se puede comprar en formato PDF en:
Blog: http://ocultanocturnia.blogspot.com

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